La IA, el futuro del trabjo y el modelo MOSAIC
Aunque parezca contraintuitivo, la mayoría de las personas en las sociedades avanzadas no tienen que trabajar para vivir. En España, por ejemplo, los ocupados suponen tan solo un 45% de la población total, que incluye jubilados, niños y adolescentes, desempleados y no activos. La sociedad ya sostiene a más personas fuera del empleo que dentro de él.
Mi hipótesis es que la inteligencia artificial podría amplificar esta tendencia: una parte creciente de la producción social sería generada por capital no humano, con niveles de productividad suficientes como para desacoplar, todavía más, subsistencia y empleo.
Distintos horizontes
A medio plazo, no es probable una desaparición masiva del trabajo. Lo más probable es una fase de recomposición confusa: tareas que se automatizan, ocupaciones que se destruyen, profesiones que se reconfiguran y otras nuevas que todavía no sabemos nombrar. Esto ya ha ocurrido antes. Las grandes revoluciones tecnológicas no solo eliminan empleos; también crean funciones imposibles de anticipar desde el viejo marco mental. El escenario más plausible a medio plazo no es un mundo sin trabajo, sino un mercado laboral más inestable, híbrido y extraño.
Pero sería un error quedarse ahí. A largo plazo la pregunta puede dejar de ser ocupacional y pasar a ser civilizatoria. Si el capital artificial sigue aumentando su capacidad de producir valor y reduciendo la necesidad de trabajo humano en sectores cada vez más amplios, la cuestión ya no será cuántos empleos se crean y cuántos se destruyen. La cuestión será si una sociedad puede organizar una vida digna con, por ejemplo, solo un 10% de la población empleada. Y la respuesta, con bastante probabilidad, es que sí
Dos señales que ya tenemos delante
La primera señal es la población jubilada. En las economías avanzadas, decenas de millones de personas viven durante décadas sin trabajar y nadie considera eso escandaloso. Al contrario: lo vemos como una conquista civilizatoria. Las pensiones, en los sistemas de reparto, prueban que una sociedad productiva puede sostener a gran escala una población no empleada.
La segunda señal son las economías rentistas del Golfo Pérsico. En Arabia Saudí, Emiratos o Kuwait, una fracción significativa de la ciudadanía nativa percibe rentas del Estado, ocupa empleos públicos de baja intensidad o se beneficia de servicios subsidiados de forma estructural. El mecanismo es sencillo: el petróleo genera un excedente enorme que el Estado captura y redistribuye.
Una renta alta sostenida por capital no humano es viable.
Aquí está la idea fuerte: si una sociedad logra capturar fiscalmente una parte suficiente del excedente generado por la IA, el trabajo podría dejar de ser la condición universal de acceso a la renta. La inteligencia artificial cumpliría una función parecida al petróleo, con dos diferencias decisivas: no depende de una geografía restringida y no es un recurso finito. No desaparecería toda actividad productiva. Desaparecería la obligación general de vender tiempo para sobrevivir.
El modelo MOSAIC: los números
La formalización más rigurosa de esta intuición la ofrece el modelo MOSAIC, publicado a principios de 2026 por el MOSAIC AI Policy Institute, un think tank israelí centrado en política económica para la era de la IA.
Su punto de partida es contraintuitivo pero económicamente sólido. Cuando la IA sustituye trabajadores, no sucede lo mismo que en una recesión convencional. En una recesión, cae el empleo y cae la producción; la base fiscal se contrae y el Estado tiene menos recursos justo cuando más los necesita. En el desempleo por IA, cae el empleo pero sube la producción, porque el capital artificial es más productivo que el trabajo que desplaza. El PIB crece. La base fiscal se expande.
El excedente que resulta (mayor producción con menor masa salarial) es lo que el modelo denomina capital windfall. En una calibración para Israel, oscila entre 420.000 millones y 1,65 billones de NIS según el nivel de disrupción. Para dimensionarlo: el escenario más probable equivale a varias veces el presupuesto anual de bienestar social del país. Financiar una renta que elimina la pobreza costaría menos del 24% de ese excedente.
Dos mecanismos de captura
El modelo propone dos mecanismos que funcionan en paralelo, y ninguno requiere subir tipos impositivos nominales ni crear nuevas categorías de impuestos.
El primero es un IVA dinámico. La IA no solo aumenta la producción; también reduce los costes de producción, generando presión deflacionista. En lugar de dejar que esa deflación baje los precios al consumidor (lo que beneficia sobre todo a quienes ya consumen mucho), el Estado ajusta el IVA hacia arriba para mantener los precios finales estables. El consumidor no pierde poder adquisitivo. La ganancia de productividad que antes habría ido al productor como margen va al fisco como recaudación. En el escenario más transformador, el IVA subiría del 18% actual al 35% sin que nadie pague más por su cesta de la compra.
El segundo es el ring-fencing de ingresos fiscales por encima de la tendencia histórica. La IA aumenta los beneficios empresariales, lo que eleva la recaudación por impuesto de sociedades y ganancias de capital sin cambiar los tipos. Al mismo tiempo, mejora la eficiencia del sector público, reduciendo costes. El modelo reserva ambos excedentes (el fiscal y el de ahorro público) para redistribución. La lógica es sencilla: lo que excede la tendencia histórica es atribuible a la IA, no al crecimiento normal.
Con solo estos dos mecanismos, el modelo captura aproximadamente una cuarta parte del dividendo total de la IA, suficiente para financiar un suelo de ingresos equivalente a la clase media-baja y eliminar la pobreza.
Si la sociedad decidiera capturar más, podría recurrir a herramientas adicionales —impuestos sobre beneficios extraordinarios, gravámenes específicos sobre IA, impuestos sobre el valor del suelo— para elevar ese suelo hacia lo que el modelo llama "renta alta universal".
Dicho esto, la neutralidad para el consumidor del primer mecanismo depende de un supuesto fuerte: que la deflación inducida por IA sea real, sostenida y suficientemente uniforme entre sectores. Si la automatización avanza rápido en manufactura pero lenta en vivienda, alimentación o servicios presenciales, el IVA deja de ser neutro. Esto no invalida la propuesta, pero la hace más complicada de lo que el modelo sugiere.
Lo que revela el análisis
Lo que emerge no es solo una propuesta fiscal. Es una visión de sociedad en la que los jubilados actuales y los ciudadanos del Golfo no son excepciones demográficas o geopolíticas, sino prefiguraciones de un modelo más general.
Las diferencias importan. Respecto al Golfo, allí la renta depende de un recurso físico finito y estático; aquí dependería de productividad creciente. Respecto a las pensiones, estas son una transferencia intergeneracional que se tensiona cuando cae la ratio trabajadores/jubilados, que es exactamente lo que la IA provocaría. El dividendo de la IA, en cambio, crece precisamente cuando esa ratio cae, porque el output por unidad de capital aumenta.
¿Qué haríamos con el tiempo?
Si las personas no necesitan trabajar, ¿qué harán? La pregunta parece profunda, pero arrastra una premisa dudosa: que sin empleo la gente quedaría suspendida en la pasividad.
No es obvio que eso sea así. En una sociedad más libre de la obligación salarial, muchas personas seguirían buscando más ingresos, pero en condiciones distintas: trabajos parciales, proyectos propios, actividades vocacionales, oficios creativos, microemprendimientos, tareas de proximidad, formación, cuidados. Y junto a eso crecería algo que hoy está comprimido por la centralidad del empleo: la participación social no salarial. Más actividades vinculadas a hobbies, más aprendizaje permanente, más clubs, casales, asociaciones, proyectos vecinales, comunidades de hobbies, voluntariado, creación colectiva, etc.
La imagen correcta no es una sociedad sin ocupación. Es una sociedad con ocupaciones más diversas y menos subordinadas al mercado laboral como única fuente de legitimidad. No la desaparición de la actividad humana, sino su desmercantilización parcial.



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