viernes, 19 de junio de 2020

¿Qué es el "síndrome patrilineal" y por qué algunas sociedades quedan atrapadas en el mismo?

La subordinación sistemática de las mujeres a la autoridad de los hombres es una de las características más perniciosas de las sociedades tradicionales. La falta de libertad, la desigualdad en el hogar, la ausencia de derechos, la violencia y la opresión suelen caracterizar la vida cotidiana de las mujeres en la mayoría de las sociedades tradicionales, incluidas algunas sociedades del presente. ¿Las causas? Una organización patrilineal de la sociedad, resultado de la dependencia de las sociedades con respecto a los hombres para defender su seguridad física, y la ausencia de un estado moderno que garantice los derechos individuales y la igualdad ante la ley de hombres y mujeres.

Para conocer el verdadero carácter de la subordinación femenina en las sociedades tradicionales y entender el funcionamiento y los orígenes de la organización patrilineal de la sociedad, así como sus consecuencias sociopolíticas, resulta muy recomendable la lectura de The First Political Order: How Sex Shapes Governance and National Security Worldwide, de las investigadoras Valerie M. Hudson, Donna Lee Bowen y Perpetua Lynne Nielsen. El trabajo es resultado de un proyecto de investigación de cuatro años financiado por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos bajo los auspicios de su Iniciativa Minerva, utilizando la Base de Datos WomanStats.


Las investigadoras huyen de conceptos vagos como el de patriarcado o masculinidad hegemónica y, armadas de claridad de pensamiento y evidencia empírica, diseccionan lo que denominan el “síndrome patrilineal/fraternal” y sus consecuencias socio-políticas a partir de una combinación de hallazgos procedentes de la historia, la sociología, la antropología, la ciencia política y la biología evolucionista y el análisis empírico observacional de más de 100 sociedades del presente. La tesis principal de las investigadoras es que el síndrome patrilineal domina la estructura y los procesos de una sociedad. La dominación de la mujer en el hogar, la familia y el clan determina todo el funcionamiento general de una sociedad, lo que se traduce en una mayor inestabilidad social, menores niveles de bienestar, progreso social, económico y político. 

¿Qué es el síndrome patrilineal y por qué se reproduce en la mayoría de sociedades agrícolas tradicionales? Bien, las investigadoras definen el síndrome patrilineal como un sistema de organización de la sociedad que resulta en la subordinación sistemática de las mujeres a los varones y que se caracteriza por un conjunto de prácticas y normas sociales estables tales como la poliginia (el matrimonio de un hombre con varias mujeres, presente en el 80% de las sociedades), la patrilinealidad (sistema de parentesco que considera parientes sólo a los de la línea paterna, agnaticia, de las generaciones ascendente y descendente de un individuo), la patrilocalidad, el pago por la novia y la dote, el matrimonio forzado de mujeres menores de edad, el matrimonio entre primos, la ausencia de derechos de propiedad por parte de la mujer, la desprotección legal o la violencia física.

Con el objetivo de analizar empíricamente la prevalencia del síndrome patrilineal en las sociedades del mundo, las investigadoras, a partir de diferentes fuentes de datos secundarias, construyen un índice del síndrome patrilineal/fraternal. Este índice se compone de 11 variables tales como la prevalencia de violencia contra las mujeres, prevalencia de matrimonio patrilocal, edad de las mujeres en el primer matrimonio, etc. y permite clasificar a los países en países post-síndrome (con puntuaciones muy bajas, entre 0 y 5), países en transición (puntuaciones entre 6 y 9 en el índice) y países con el síndrome (puntuaciones entre 10 y 16). 

Mapa global del síndrome (fuente)

A continuación, las investigadoras correlacionan la puntuación de los países en el índice con un conjunto de factores relacionadas con la actuación social, económica, política y medioambiental de los países. Los resultados son muy evidentes: la puntuación en el índice está fuertemente correlacionada con los resultados en todas las dimensiones consideradas, esto es, las sociedades con mayor presencia del síndrome patrilineal, con una mayor puntuación en el índice, son más disfuncionales, tienen peores resultados en todos los factores de bienestar considerados (estabilidad política, seguridad, crecimiento económico, salud y bienestar, educación, progreso social y protección del medio ambiente), aún manteniendo constantes otros factores como el nivel de urbanización, la existencia de pensiones, los medios de comunicación o la presencia de eventos externos.  

Pero, ¿cuáles son los orígenes del síndrome patrilineal? Bien, los orígenes del sistema patrilineal están relacionados, según las investigadoras, con el dilema de la seguridad. Para defender su seguridad frente a enemigos y estresores externos, las sociedades con cierto nivel de complejidad tienden a configurarse en la forma de clanes tribales dominados por varones. La supervivencia del clan se basa en la reproducción de sus miembros. De modo que el control de la reproducción, es decir, de las mujeres, se convierte en una pieza esencial del sistema tribal patrilineal. Las causas evolutivas serían el hecho de que son las mujeres las que tienen los hijos -las que permiten la reproducción del clan-, el dimorfismo sexual -los varones son más corpulentos y poseen más fortaleza física que las mujeres- y la mayor inversión parental por parte de las mujeres en la crianza de los hijos. Estos procesos sociobiológicos tienden a configurar sociedades dominadas por clanes de varones emparentados (clanes de primos) que ejercen un fuerte control sobre el conjunto de la sociedad y, en especial, sobre las mujeres (fuente de reproducción del clan). 

Las sociedades dominadas por el síndrome patrilineal tienen una fuerte resistencia al cambio. La comunidad patrilineal domina la organización de la sociedad. Los clanes degradan y capturan las instituciones y las capacidades del estado, por lo general débil en estas sociedades, dificultando los cambios que permitan la relajación del síndrome patrilineal. Así que, ¿hay una salida al síndrome patrilineal?

Ciertamente, como ponen de manifiesto las investigadoras, la historia de Europa así como la historia reciente de la Unión Soviética, nos muestran que los cambios en la estructura de los matrimonios, la familia y los derechos de propiedad para las mujeres pueden precipitar la salida de las sociedades del síndrome (y no tanto la educación o la representación política). En la Europa medieval, los cambios forzados por la iglesia católica (en su propio interés) en el matrimonio y la familia -a través de la promoción de la monogamia y la familia nuclear, la igualdad de la mujer en el seno familiar, el aumento de la edad en el matrimonio, la prohibición del matrimonio entre primos y el matrimonio neolocal- fueron desintegrando paulatinamente el síndrome patrilineal en Europa (un artículo de investigación muy interesante al respecto puede leerse aquí). En el siglo XVI, las mujeres en Holanda gozaban ya de una gran libertad personal así como de derechos de propiedad. 

Es decir, la transición desde sociedades con el síndrome patrilineal a sociedades post-síndrome no se logra únicamente a través de procesos macro de urbanización o progreso económico, como tampoco a través de políticas educativas o de cuotas en el ámbito político o laboral, sino a través de cambios en la estructura de la familia, el matrimonio y los derechos de propiedad. La eliminación de la poliginia, la prohibición del matrimonio de menores y la concesión de derechos de propiedad a las mujeres junto con el proceso de urbanización y la existencia de pensiones de jubilación (que hacen a los padres más independientes de los ingresos de sus hijos varones) permiten a una sociedad abandonar el síndrome patrilineal. 

La lectura de The First Political Order resulta apasionante e informativa. Con datos empíricos y fundamentos antropológicos, sociológicos, históricos y evolutivos, las investigadoras reconstruyen el proceso de formación del síndrome patrilineal que tiende a germinar en las sociedades tradicionales con consecuencias desastrosas para el bienestar y la organización social.




viernes, 1 de mayo de 2020

¿Pueden los rasgos culturales y la calidad institucional predecir el impacto de la pandemia de coronavirus?

¿Puede la respuesta social frente a una crisis pandémica como la originada por la infección de coronavirus estar determinada por la cultura y el funcionamiento institucional de un país? Esta es la hipótesis de un estudio reciente liderado por la profesora de psicología cultural Michele J. Gelfand* y titulado Cultural and Institutional Factors Predicting the Infection Rate and Mortality Likelihood of the COVID-19 Pandemic.


Gelfand es conocida por su investigación sobre una dimensión fundamental de las culturas nacionales: el grado de rigidez-flexibilidad. Esta dimensión de la cultura está relacionada con el grado de orden normativo de una cultura, determinado por el número de normas sociales explícitas que posee una cultura así como por el grado en que estas normas son implementadas, seguidas de forma estricta o no, por los individuos de esa cultura. La investigación de Gelfand y colaboradores ha mostrado que las culturas se distribuyen en un continuo de Rigidez-Laxitud. La rigidez máxima -propia de países como Pakistán o Singapur- implica que la cultura posee normas para muchos aspectos de la vida de las personas y que estas normas son implementadas de modo estricto. La laxitud máxima implica que la cultura posee pocas normas, que estas son poco claras y que son implementadas de un modo laxo.


IMAGE VIA AKINOKURE.BLOGSPOT.COM

Pues bien, según el estudio reciente de Gelfand y colaboradores, la cultura de un país, en interacción con factores institucionales como la eficacia gubernamental, podría explicar parte de los efectos sufridos por un país a raíz de la pandemia del coronavirus. Para analizar esta cuestión, los investigadores correlacionaron la tasa de infección y mortalidad causada por el coronavirus en diferentes países durante las últimas semanas con sus respectivas puntuaciones en el índice de rigidez-flexibilidad -medida a través de encuesta- y el índice de eficacia gubernamental -medida proporcionada por el Banco Mundial-.  


Fuente: World Bank. 

Los resultados del estudio muestran una pauta interesante: controlando por otros factores posibles -como la edad mediana del país o su renta per cápita-, los países con una alta eficacia gubernamental y una alta rigidez cultural tuvieron, de media, una menor infección y mortalidad por coronavirus que los países que combinan una baja eficacia gubernamental y una alta flexibilidad cultural. Es decir, se produjo un efecto de interacción entre la eficacia gubernamental y la cultura de un país en la respuesta a la pandemia. Por sí solos, ambos factores son capaces de explicar una parte pequeña de la respuesta ante la crisis. Pero, combinados, su poder explicativo aumenta. 


En el gráfico a continuación, los autores modelizan la expansión de la infección en función de la interacción entre eficacia gubernamental y cultura. La línea roja refiere a países con alta eficacia gubernamental y alta rigidez cultural. La línea azul muestra los países con baja eficacia gubernamental y alta laxitud: las infecciones aumentan exponencialmente.


Fuente: Gelfand et al (2020). Cultural and Institutional Factors Predicting the Infection Rate and Mortality Likelihood of the COVID-19 Pandemic

¿Qué mecanismos explican la asociación entre eficacia gubernamental, rigidez cultura e infección vírica? Una posible explicación es que una alta eficacia gubernamental combinada con un alto cumplimiento de las normas permite una mayor coordinación y cooperación entre gobierno, actores económicos, sociedad civil y población así como una aplicación más estricta de las medidas de salud pública necesarias. Ambos factores permiten que los gobiernos introduzcan y regulen y las comunidades implementen normas beneficiosas (por ejemplo, distanciamiento social, lavado de manos efectivo) y sean capaces de coordinar de modo efectivo la acción social (por ejemplo, distribución de kits de prueba y ventiladores).


Los datos del estudio son observacionales y las correlaciones estudiadas son ecológicas (con menos de 50 casos). Por lo que debemos considerar los resultados como tentativos. Aún así, constituye una evidencia muy interesante del posible papel de la eficacia institucional y la cultura en la respuestas sociales ante las crisis epidémicas. 


* Existe una versión en español del último libro de Michele Gelfand: Rígidos contra flexibles. Reglas de oro para un mundo sin normas.

domingo, 26 de abril de 2020

Ocho factores asociados a la felicidad de los países

La investigación sociológica y transcultural sobre la felicidad ha producido numerosos hallazgos interesantes. Iniciativas como el World Happiness Report, el World Database of Happiness o el Happiness Research Institute han logrado identificar los factores sociales y poblacionales que están asociados a mayores niveles de satisfacción vital, sentido y emocionalidad positiva en una población dada. Las sociedades que tienen una puntuación más alta en estos factores tienden a tener una población con niveles de felicidad medios más elevados. 

Los estudios psicológicos, sociológicos y transculturales sobre la felicidad han adoptado diferentes formas de conceptualizar y medir la felicidad o el bienestar subjetivo. Son decenas las formas de medida sociológica de la felicidad. Una de las más aceptadas es la desarrollada por la OCDE en su informe OECD Guidelines on Measuring Subjective Well-being. Esta conceptualización de la felicidad distingue tres dimensiones: satisfacción vital, afecto o emocionalidad positiva y sentido vital. 

¿Cuáles son los factores poblacionales influyentes en la felicidad? Veamos dos modelos que han sido divulgados recientemente:

El último informe del World Happiness Report considera siete factores asociados a la felicidad poblacional: PIB per cápita, apoyo social, expectativa de vida saludable, libertad para tomar decisiones, generosidad y ausencia de corrupción*.  Los países más ricos, con mejor salud, en los que las personas cuentan con amigos y apoyo, en los que los individuos sienten que tienen la capacidad para tomar decisiones libremente, para dedicarse al trabajo que les hace feliz, en los que la población es más generosa y dona más dinero a distintas causas y en los que se percibe que hay poca corrupción administrativa y política tienen ciudadanos con mayor satisfacción vital.





El estudio patrocinado por The blue Zones of Happiness considera seis factores universalmente asociados con la felicidad (PIB per cápita, expectativa de vida saludable, generosidad, tolerancia, confianza social) y 20 factores asociados con las tres vías a la felicidad (igualdad de estatus, trabajos interesantes, humildad, diversión, seguridad, servicios para ancianos, expectativas, círculo social, humor, poca urgencia temporal, fe, bajo materialismo, orden, igualdad racial, propiedad de la vivienda, supervisión benevolente)





Una síntesis de los dos estudios produciría estos ocho factores esenciales para la felicidad social: 

  • PIB per cápita
  • Esperanza de vida saludable
  • Apoyo social
  • Libertad para tomar decisiones
  • Generosidad 
  • Ausencia de corrupción 
  • Tolerancia
  • Confianza social 


Una última cuestión relevante: la distribución de la satisfacción vital dentro de cada país es diferente. Es decir, en ciertos países, la distribución es más simétrica que en otros (los individuos son más parecidos entre sí), lo que indica diferencias internas interesantes. 



  1. GDP per capita
     – Country income divided by population
  2. Social support
     – Having someone to count on when in need
  3. Healthy life expectancy
     – Expected years of life in good health
  4. Freedom to make life choices
     – Liberty to choose what to do in life
  5. Generosity
     – Giving back to charities
  6. Perceptions of corruption
     – Same as Corruption Perceptions Index (CPI), a lower score means a very high corruption.


sábado, 25 de abril de 2020

Innovación social frente al coronavirus

Cuando las sociedades humanas enfrentan nuevos problemas derivados del entorno biofísico o la organización social, pero también cuando intentan satisfacer de modo más efectivo alguna necesidad biopsicosocial, producen alguna forma de innovación, radical o incremental, técnica, social, comportamental u organizativa. El cerebro humano está especialmente dotado, por su desarrollo sociobiológico, para hacer frente a los retos derivados del entorno biofísico, interpersonal y social. Y las sociedades humanas, cuando florece la autonomía, la libertad, la seguridad y la conexión social, propician de modo eficiente la combinación y transmisión de ideas. 


Una perspectiva interesante es considerar la dimensión social y tecnológica de todas nuestras herramientas e innovaciones, incluidas aquellas con las que nos enfrentamos a la pandemia de coronavirus. Una innovación tecnológica implica la introducción -o la mejora- en la sociedad de un nuevo producto material (o proceso). Pensemos en una nueva máquina industrial, una nueva vacuna, un nuevo medio de transporte o de comunicación. La innovación tecnológica es crítica en el cambio social así como en la forma en que las sociedades interactuamos con el entorno biofísico. Frente al coronavirus, por ejemplo, influentes como Bill Gates, en un artículo reciente, han advertido de la necesidad de desarrollar herramientas innovadoras para detectar, tratar y prevenir el virus como pruebas diagnósticas más eficientes, mejores aplicaciones para el seguimiento de contactos o nuevos medicamentos y vacunas. 


Pero, junto con la necesidad de la innovación tecnológica, Gates refiere a la necesidad de innovaciones sociales y organizativas, como por ejemplo, la mejora en la selección de personas para la realización de pruebas diagnósticas o la mejora el rastreo de infectados así como de sus contactos. 


Y es que, en el fondo, nuestra capacidad de respuesta ante nuevos retos y amenazas es, casi siempre, resultado de una combinación de innovaciones sociales y técnicas o, como afirmara el historiador Thomas Hugues a propósito del desarrollo del sistema eléctrico moderno, el resultado de cambios socio-técnicos. Hugues ponía de manifiesto una idea clave en el estudio social de la innovación: que cualquier innovación tecnológica es siempre resultado del cambio interrelacionado en artefactos y técnicas y en elementos sociales, conductuales, económicos y legales. 


Pero volvamos al concepto de innovación social


Como afirma el profesor de psicología de la Universidad de Queensland, Australia, William von Hippel en su interesante The Social Leap: The New Evolutionary Science of Who We Are, Where We Come From, and What Makes Us Happy, la innovación social implica resolver un problema a partir de cambios en las relaciones personales. Para Von Hippel, la hipótesis de la innovación social implica que los seres humanos estamos especialmente dotados para reflexionar sobre el mundo interpersonal y producir innovaciones sociales (por ejemplo, desarrollar un plan para hacer frente a los sociópatas, al que más tarde llamamos cárcel) pero no tanto para la innovación tecnológica (aunque, por supuesto, esta es uno de nuestros puntos fuertes frente a otras especies).

Nuestro cerebro evolucionado permite construir planes complejos innovadores relativos a problemas del mundo social y el mundo biofísico y técnico manipulando, recombinando, creando nuevos elementos materiales y societales. La cuestión es que los seres humanos no somos tan solo innovadores tecnológicos excepcionales, sino también excepcionales innovadores sociales (Von Hippel refiere a la dificultad de otros primates no humanos para desarrollar mecanismos sociales para, por ejemplo, castigar la conducta antisocial). 





Según Von Hippel, la innovación técnica es más excepcional en las sociedades humanas de lo que parece. Pensemos, por ejemplo, que tan solo una parte muy reducida de la población produce innovaciones tecnológicas o que transcurrieron más de 40.000 años desde la invención del fuego hasta la invención de la rueda. La hipótesis de la innovación social predice que casi todos los seres humanos podríamos ser innovadores -cuando aparece un problema nuevo y suficientemente relevante para el que nuestras prácticas sociales y tecnológicas heredadas no tienen respuesta- pero que la mayoría de las personas dirigirá sus capacidades inventivas hacia las soluciones sociales en vez de hacia las soluciones técnicas. 


De modo que frente a una crisis de salud pública como la derivada del coronavirus, gran parte de las respuestas de nuestras sociedades son de carácter social u organizativo. Pensemos en las intervenciones de salud pública como el cierre de escuelas, tiendas y restaurantes; imponer restricciones al transporte; la prohibición de las reuniones públicas u ordenar el distanciamiento social. Estas son la primera línea de defensa contra una epidemia en ausencia de una vacuna. Diversos estudios en Estados Unidos sobre el efecto de las respuestas frente a la epidemia de gripe de 1918 han mostrado que el número de muertes en el pico de mortalidad fue un 50 por ciento más bajo en las ciudades que implementaron medidas preventivas desde el principio, en comparación con las que lo hicieron más tarde o no implementaron medidas. Mantener estas medidas durante un tiempo prudencial fue, también, crítico en la reducción en la cantidad máxima diaria de muertes, aunque no tanto en la reducción en el número acumulado de muertes. 


El distanciamiento social -también denominado distanciamiento físico- representa un ejemplo paradigmático de innovación social. Este incluye un conjunto de medidas tales como evitar el contacto físico, el confinamiento en el hogar o la cancelación de los actos públicos. En esencia, se trata de una forma alternativa de organizar las relaciones entre las personas para hacer frente a un problema: la transmisión acelerada de una infección entre la población. Según informa Wikipedia, el distanciamiento social tiene su origen en el siglo quinto AC, se implementó con poco éxito a partir del siglo quinto DC durante la plaga de Justiniano y fue utilizado, en épocas más recientes y de modo más sistemático, durante la epidemia de “gripe española” en 1918.  


En definitiva, la capacidad para combinar de modo innovador soluciones técnicas y sociales es, quizá, uno de los puntos fuertes de nuestra especie. Como afirma Bill Gates, de la capacidad para trabajar conjuntamente en la comprensión del funcionamiento del coronavirus así como en el desarrollo e implementación inteligente de las herramientas adecuadas dependerá que seamos capaces de declarar el fin de esta pandemia y prevenir y contener la próxima.

domingo, 8 de marzo de 2020

Auto-domesticados

El declive de la violencia en las sociedades humanas ha sido una fuente de controversia en la antropología y la sociología contemporáneas. Trabajos recientes como el de Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro nos permiten afirmar que la violencia -interpersonal e intersocial- ha descendido en la historia humana en sucesivas ocasiones, desde el primer proceso pacificatorio derivado de la aparición de la vida urbana a la revolución humanitaria del siglo XVIII y la revolución de los derechos civiles en el siglo XX. En la actualidad, podemos afirmar con cierta seguridad, vivimos en las sociedades más pacíficas de la historia humana. 

Si observamos la mayoría de interacciones en un día cualquiera en una ciudad europea cualquiera, veremos que la violencia interpersonal tiene una presencia reducida. No es solo que la tasa de homicidios, agresiones y violaciones sea muy reducida en los países avanzados, sino que la mayoría de individuos es capaz de controlar sus impulsos agresivos en la mayoría de sus interacciones  cotidianas (sea conduciendo, caminando hacia el trabajo o comprando en un supermercado). El aumento del autocontrol y el descenso de la agresión física reactiva es un fenómeno que se incrementa con lo que el sociólogo Norbert Elias denominó el “proceso de civilización”. Pero el descenso de la agresión física en las comunidades humanas podría tener un origen evolutivo sociobiológico más antiguo. 


Según el primatólogo Richard Walter Wrangham, autor de The Goodness Paradox, el declive de la agresión física reactiva se podría haber originado con la aparición de los humanos modernos. La aparición del estado, el proceso de civilización, el humanismo habrían amplificado culturalmente un proceso sociobiológico iniciado milenios atrás. En concreto, la tesis de Wrangham es que el homo sapiens sapiens difiere respecto de sus ancestros (y otros mamíferos) en el grado de agresividad física reactiva debido a un proceso de auto-domesticación por el que las comunidades humanas seleccionaron contra la agresividad y a favor de la docilidad y la tolerancia a través de la ejecución de los individuos antisociales. 

Wrangham sostiene, en primer lugar, que los seres humanos muestran signos de auto-domesticación: cambios en la morfología, fisiología, comportamiento y psicología en relación a sus ancestros, similares a los que experimentan las especies domesticadas. Uno de estos cambios sería un mayor umbral para la agresividad física, es decir, una mayor tolerancia interpersonal. Wranghan compara el proceso de auto-domesticación humano con el de otras especies como los perros y los bonobos. Los bonobos, por ejemplo, se considera que experimentaron un proceso de auto-domesticación motivado por una menor competitividad por la alimentación en su ecosistema, que no experimentaron los chimpancés. Esta es una posible explicación a las diferencias fenotípicas y conductuales entre bonobos y chimpancés. Ambas especies descienden de un antepasado común pero muestran rasgos conductuales muy dispares: básicamente, los bonobos son pacíficos y juguetones, tienen comunidades relativamente tranquilas y una muy reducida coerción de las hembras. 

Wrangham considera que un proceso similar se produjo con los humanos modernos. La agresividad física impulsiva entre individuos en el seno de las comunidades humanas modernas se redujo considerablemente, al tiempo que se producían otros cambios en la morfología y fisiología humana modernas. Las comunidades humanas se hicieron más pacíficas en relación los humanos arcaicos, más tolerantes y cooperativas. Los individuos eran más capaces de controlar sus impulsos agresivos. 

Por qué se produjo este cambio es, con seguridad, una cuestión compleja. La hipótesis de la auto-domesticación por ejecución, que defiende Wrangham, sostiene que, en las comunidades de humanos modernos, coaliciones de hombres se volvieron efectivas para matar deliberadamente a cualquier miembro de su grupo social que estuviera preparado para usar la violencia. Durante miles de generaciones prehistóricas, las víctimas de la pena de muerte fueron desproporcionadamente aquellas con una alta propensión a la agresión reactiva. De modo que sus genes fueron reduciéndose en las poblaciones humanas. Así, los humanos desarrollaron una forma de igualitarismo controlado, por el que el grupo mantuvo bajo control a los individuos con tendencias antisociales. 

De modo que las primeras comunidades humanas modernas desarrollaron, al tiempo que crecía el cerebro y la inteligencia, una capacidad significativa para la cooperación, el igualitarismo, el autocontrol y el respeto a las normas sociales (la inteligencia emocional y social) que, con gran probabilidad, fue reforzada por la el ridículo y el ostracismo, como ya propusiera el sociólogo Émile Durkheim a principios del siglo XX. Wrangham sostiene que, detrás de cualquier otro posible factor causal, la ejecución de los individuos peligrosos estuvo detrás de esta primera pacificación humana. 

La violencia inter-grupal proactiva y oportunista siguió otro camino. Impulsada por el tribalismo y la escasez de espacio o recursos, las emboscadas e incursiones rápidas en territorio enemigo debieron caracterizar buena parte de numerosas comunidades humanas. Pero eso es otra cuestión. 

jueves, 29 de agosto de 2019

Las regularidades del mundo interpersonal y social

Todos los sistemas de la realidad con los que interactuamos diariamente poseen algún tipo de regularidad, algún tipo de normas, de pautas de funcionamiento. Por sistemas me refiero a la mente, el ecosistema, la vida, el cuerpo humano, el cerebro, la economía nacional, el mercado, la tecnología, las relaciones personales, el sistema social o la ley, así como a sus distintos subsistemas. 

Comprender las regularidades que caracterizan el funcionamiento de estos sistemas es el objetivo de las ciencias empíricas y disciplinas académicas. La neurociencia estudia el cerebro; la psicología, la mente; y la sociología, la sociedad. Pero aunque se trata de conocimientos expertos, un conocimiento mínimo de estos sistemas es de utilidad para cualquier ciudadano informado. Esto es así porque conocer las regularidades de los sistemas ayuda a tomar decisiones más racionales (nuestras acciones tienen consecuencias en un sistema) así como a llevar a cabo intervenciones públicas más sostenibles y adecuadas. 



Hace algún tiempo que observo que, mientras que las regularidades de los sistemas naturales y/o tecnológicos se consideran reales y relevantes (aunque sean desconocidas por la mayoría, la ley de la gravedad, la formación de nubes, el cambio climático, el funcionamiento de un ipad o la memoria son respetadas), las regularidades de los sistemas interpersonales y sociales son consideradas no relevantes, cuando no arbitrarias o inexistentes por muchos

Creo que hay varias explicaciones. 

No hay duda de que las regularidades, normas o pautas de los sistemas sociales e interpersonales son particulares. En primer lugar, en el ámbito social e interpersonal podemos distinguir entre regularidades empíricas, normas sociales y normas morales. Las primeras son pautas probabilísticas que caracterizan el funcionamiento de un sistema complejo (ej. La malnutrición en la infancia está asociada a problemas de auto-control; la democracia está asociada a una menor probabilidad de sufrir hambrunas; tener tatuajes está asociado a un menor pensamiento a largo plazo, etc.). Las normas sociales refieren a las creencias compartidas por la mayoría de una población sobre los comportamientos que son aceptables (normas sociales descriptivas), así como a las conductas que la mayoría de la población lleva a cabo (normas sociales inyuctivas). Las normas morales son normas sociales que refieren a elementos que implican algún daño a otro individuo. 



Las regularidades empíricas y las normas sociales difieren, por ejemplo, de las normas legales, expresadas en un código civil o penal. Así, una persona tiene derecho a vestir lujosamente en un barrio problemático, a ir en pijama a una boda pero no tiene derecho a evadir impuestos. Y esto nada tiene que ver con los efectos posibles de vestir lujosamente en un barrio problemático (ej. sufrir un atraco), ir en pijama a una boda (ej. perder reputación, hacer el ridículo, demostrar poca inteligencia social) ni con las regularidades implicadas en una conducta social como evadir impuestos (ej. ciertas condiciones harán más probable la evasión de impuestos, etc.). Las primeras son reglas legales, que caracterizan el funcionamiento del derecho en una sociedad. Las segundas son normas sociales y pautas sociológicas, empíricas, que caracterizan el funcionamiento de una sociedad. 

Las regularidades de los sistemas sociales e interpersonales también difieren de las de los sistemas puramente naturales. Algunos sistemas naturales no subatómicos tienen leyes matemáticas estables, precisas y universales (como la aceleración o la gravedad). Otros sistemas más complejos como el clima tienen regularidades, pero son más impredecibles. Los sistemas sociales e interpersonales son también sistemas complejos, con elementos predecibles (como la población o la tasa de paro) e impredecibles. Los sistemas sociales son resultado de la combinación de elementos biológicos y socio-culturales, y sus pautas de funcionamiento son probabilísticas (no son deterministas) y contingentes (pueden variar en el tiempo y el espacio)

Pues bien, el carácter probabilístico, contingente e incierto de las regularidades sociales hace que, en ocasiones, se considere que estas regularidades no existen. Es como si pensáramos que el clima no tiene pautas objetivables porque es caótico. El relativismo (y su primo el construccionismo social) así como la utilización de ideas pseudo-relativistas por parte de los individuos con el fin de justificar conductas egoísta o individualistas, están detrás de esta confusión. 

Si un paradigma ha logrado hacer daño a las ciencias sociales ese es el construccionismo social y el relativismo antropológico. La idea, no sostenida empíricamente, de que no existen pautas o reglas generales en los sistemas sociales e interpersonales (y, por tanto, no habría consecuencias reales de ninguna acción) así como la idea de que toda convención social es culturalmente relativa, determinada por el poder, arbitraria, no comparable ni analizable objetivamente y totalmente modificable, conduce a ignorar las reglas en los sistemas sociales e interpersonales.

Las regularidades empíricas de los sistemas sociales e interpersonales no son arbitrarias, no son construcciones sociales y no son totalmente relativas. Las regularidades son probabilísticas y contingentes, y se basan en fundamentos sociobiológicos o bio-psico-sociales estables. Muchas regularidades probabilísticas en el ámbito social son comparables a las existentes en otros ámbitos como la salud o la seguridad (ej. si excedes los límites de velocidad es más probable que sufras un accidente mortal). Si, por ejemplo, en una sociedad se muestra que las personas casadas tienen una satisfacción vital ligeramente mayor que las no casadas (se calcula que de 0.5 en una escala de 1 a 10), esto es una regularidad como la que vincula el hecho de fumar al desarrollar un cáncer o el exceso de velocidad a sufrir un accidente de tráfico. No todos los casados serán más felices que los no casados. Tan solo es una media, que expresa una probabilidad. Habrá terceras variables (como la calidad de la relación) que interfieran en esta regularidad. La cuestión es que esta regularidad existe, aunque no diga nada sobre tu derecho o tu libertad para permanecer soltero o divorciarte.

Las reglas morales, por ejemplo, pese a lo que piensan construccionistas e intelectuales de diversa índole, no son relativas, arbitrarias ni construidas por el poder, sino que son disposiciones sociobiológicas generadas por una sociedad para favorecer la cooperación social, fundamental para nuestra supervivencia. Las normas sociales (como no vestir en pijama por la calle o conducir por la derecha) tienen un carácter contingente pero no son absolutamente arbitrarias: responden a factores históricos, económicos, socibiológicos, materiales, de difusión social, etc.

La cuestión es que la gente confunde sus deseos, legítimos o no, de libertad así como sus derechos, establecidos en un código civil, con la existencia de pautas y normas sociales objetivas. Por ejemplo, uno podría decidir vestir en pijama a una boda. Estaría ejerciendo su libertad. Pero esto tendría consecuencias -de acuerdo, variables en función del tipo de boda y demás, pero objetivas- sobre su reputación, sobre el bienestar de los invitados y los novios. Indicaría tal vez una resistencia psicológica a salir de su zona de confort, cierto infantilismo, etc. La libertad de acción no niega la existencia de un sistema con reglas objetivas y normas sociales, con causas y efectos, con consecuencias de las acciones.  

Comprender el funcionamiento de las regularidades sociales empíricas, así como de las normas sociales, es el objeto de la sociología y la psicología social, tan degradadas por el construccionismo social y el relativismo antropológico. Cada vez que alguien os argumente que “soy libre de engañar a mi novia/o” (teniendo en cuenta los determinantes genéticos y ambientales, matizaría esta aseveración) o que “tengo derecho a ir vestido como quiera al trabajo” o que “ellos no deberían enfadarse por haber dicho tal cosa”, recordadle que sí, de la misma forma que tiene derecho a fumar 20 cigarrillos al día. Simplemente, que todas las acciones o inacciones tienen consecuencias objetivables en el ámbito de lo social.  



jueves, 25 de abril de 2019

Riesgo absoluto frente a riesgo relativo. O sobre la mala comunicación de los resultados de la investigación

Imagina que te digo que consumir cerveza incrementa el riesgo de padecer obesidad abdominal en un 75%. El estudio es sólido y fiable. Y un 75% parece un aumento enorme. Así que es posible que decidas no volver a tomar una cerveza en tu vida. Pero, si te paras a pensar, ¿qué supone realmente un 75% de incremento del riesgo? ¿Quiere decir que un 10% de los que no consumen cerveza poseen obesidad abdominal frente a un 85% de los que consumen? Seguramente no. Posiblemente, lo que el estudio ha hallado es algo así como que un 10% de los que no consumen cerveza poseen obesidad abdominal frente a un 17.5% de los que consumen cerveza. Es decir, una diferencia en el riesgo absoluto de 7 individuos de cada 100 o de 7 puntos porcentuales, que se convierte en un incremento del 75% en el riesgo relativo. Algo falla.  


La cuestión es que la utilización equívoca del riesgo relativo en vez del riesgo absoluto en la difusión de los resultados en la investigación biomédica, epidemiológica, psicológica y sociológica es una tendencia preocupante. Es equívoca porque la utilización del riesgo relativo magnifica los efectos, en ocasiones no relevantes, hallados en los estudios. Es preocupante porque el riesgo relativo es utilizado cada vez con más frecuencia por los investigadores y los medios de comunicación. Y, sobre todo, es preocupante porque la inadecuada transmisión de los resultados de los estudios en estas disciplinas puede conducir a la población y los responsables políticos a tomar decisiones equivocadas.


Hace tiempo que ando preocupado por esta cuestión. Pero, claro está, no soy el único. El investigador alemán Gerd Gigerenzer, director del Departamento de Conducta Adaptativa y Cognición y director del Centro Harding para la Evaluación de Riesgos​ en el Instituto de Max Planck en Berlín, lleva años alertando de la utilización inadecuada de resultados estadísticos en la comunicación del riesgo en salud. Una introducción a su trabajo sobre la toma de decisiones en situaciones de incertidumbre (en el ámbito de la salud y las finanzas) y la comunicación del riesgo puede leerse en Risk Savvy: How To Make Good Decisions.



En Risk Savvy podemos leer un ejemplo real muy interesante sobre la confusión derivada de utilizar el riesgo relativo. Vayamos con el ejemplo de Gigerenzer:


Un comité del gobierno del Reino Unido alertó a la población con el siguiente mensaje, basado en un estudio con miles de mujeres: las píldoras anticonceptivas de tercera generación incrementan el riesgo de trombosis un 100% frente a las píldoras de segunda generación. La información fue transmitida a los médicos y a los medios de comunicación británicos. Se creó una alarma pública considerable que se tradujo en una reducción del uso de la píldora anticonceptiva entre la población y un incremento de los abortos. Todo por una mala comunicación de los resultados. Porque veamos los detalles del estudio.


El estudio, por lo demás de gran solidez y fiabilidad, mostraba que de 7000 mujeres que tomaron la píldora de segunda generación, cerca de una sufrió una trombosis. De cada 7000 mujeres que tomaron la píldora de tercera generación, aproximadamente dos sufrieron una trombosis. El riesgo absoluto creció de 1 de cada 7000 a 2 de cada 7000; es decir, aumentó en un 1 de 7000. Pero el riesgo relativo creció un 100%. Cualquiera sin formación estadística puede pensar que es un disparate reportar el riesgo relativo. Pero es lo que hicieron los investigadores y los periodistas. Según Gigerenzer, esta utilización espuria del riesgo relativo resultó en 13.000 abortos adicionales durante el año posterior en Inglaterra y Gales.


Otra confusión peligrosa de los hallazgos estadísticos se produce cuando comparamos proporciones, algo muy habitual en la investigación en psicología social y sociología. Imaginemos que en un estudio hallamos que la proporción de personas que defraudan a hacienda es del 4% entre los votantes del partido A y del 8% entre los votantes del partido B. La diferencia entre ambos grupos es de 4 puntos porcentuales, es decir, apenas relevante (hay pruebas adicionales estadísticas para medir la magnitud de esta diferencia). Lo entiende todo el mundo: 4 de cada 100 defraudadores en el partido A frente a 8 de cada 100 en el partido B. La diferencia podría ir de 0 puntos (no habría diferencia entre los grupos) a 100 puntos porcentuales (la diferencia entre los grupos es total). Pero investigadores oportunistas, activistas y periodistas interesados en ultrajar a los votantes del partido B, dirán algo así como que “el doble de votantes del partido B defrauda a hacienda en comparación con el grupo A” (porque 8 es el doble de 4) o que la proporción de defraudadores a hacienda es un 100% mayor entre los votantes del partido B (porque el incremento relativo entre 4 y 8 es el 100%).


En un estudio reciente muy divulgado por la Fundación La Caixa se produce esta confusión malintencionada entre diferencia absoluta y diferencia relativa. Las investigadoras mandaron cientos de CV ficticios de hombres y mujeres a diversas ofertas laborales para examinar si había un sesgo sexista en el reclutamiento de hombres y mujeres. Después de controlar el posible efecto de variables como el nivel educativo o el número de hijos, los resultados mostraron que un 7.7% de las mujeres fue invitada a realizar la entrevista frente a 10.9% de los hombres. Es decir, una diferencia de apenas 3.2 puntos porcentuales entre hombres y mujeres en la probabilidad de recibir una oferta. Una diferencia no relevante (aunque estadísticamente significativa, dada la magnitud de la muestra). Pero las investigadoras, la fundación y los medios de comunicación optaron por un titular engañoso pero más interesante: “Las mujeres tienen un 30% menos de probabilidades de ser citadas a una entrevista laboral que los hombres”. El titular apareció en todos los medios y cadenas televisivas españolas. Las mujeres enfurecieron y las feministas clamaron por la caída del heteropatriarcado capitalista. Todo por unos resultados tramposamente comunicados: 8 de cada 100 mujeres fueron llamadas para la entrevista, frente a casi 11 de cada 100 hombres. Es decir, casi nadie fue llamado a la entrevista con independencia de su sexo. Esa es la realidad. Una diferencia de 3 de cada 100, de 3 puntos porcentuales en una escala de 0 a 100. Una diferencia no relevante. Es lo que debió decir el estudio, por lo demás muy sólido. El resultado no era del gusto de las investigadoras y los medios de comunicación. Pero que la realidad no estropee un buen titular.  


La cuestión es que hay una solución muy sencilla para no confundir al público. Basta con informar del riesgo absoluto en vez del riesgo relativo cuando comparamos el riesgo en dos o más condiciones o bien con informar de las proporciones, porcentajes o prevalencias y no volverlas a convertir en porcentajes. Es una solución muy sencilla. Miremos cómo lo hace una investigadora responsable refiriendo a la investigación sobre cuidados paternos: “Para ponerle algunos números, el estudio encontró que de los bebés de un grupo de madres alentadas a amamantar, el 9 por ciento tuvo al menos un episodio de diarrea, en comparación con el 13 por ciento de los hijos de madres que no fueron alentadas a amamantar. La tasa de erupciones y eczema fue del 3 por ciento frente al 6 por ciento”. Un investigador manipulador habría argumentado que el aumento en los eczemas fue del 100% (diferencia entre el 3 y el 6%). Y eso está mal.


Gigerenzer lleva años alertando de estos y otros despropósitos en la comunicación del riesgo (algunos tan relevantes como la confusión en torno a la supervivencia por pruebas médicas de detección temprana para diversos cánceres; ver la imagen más abajo).


Fact box con los datos bien explicados sobre el efecto, inapreciable en la supervivencia, de las mamografías.


Mientras escribía esto leo: “Un estudio siguió a 12,338 hombres durante nueve años, y encontró que los hombres que no tomaban vacaciones anuales tenían un riesgo un 32% mayor de muerte por ataque cardíaco y un riesgo un 21% mayor de muerte por todas las causas”. El estudio es sólido. Las variables importantes están controladas. Y tomar vacaciones seguramente es importante para la salud y debería ser promovido por las empresas y los responsables políticos. Pero, de nuevo, ¿cuál es la tasa base?, ¿qué supone un incremento del 32%?, ¿cuántos murieron en el grupo que tomó vacaciones frente al grupo que no tomó vacaciones?


Como afirma Gigerenzer, no se trata de que la gente, incluidos los expertos, es incapaz de entender los números. Se trata de mejorar la comunicación de los resultados, de hacerlos más comprensibles. Y también, de no intentar manipular al público. La investigación biomédica y social es importante. No deberíamos pervertirla por una mala comunicación de los resultados.